Álvaro Porto Dapena

Áñvaro Porto Dapena (Náron, A Coruña, 1940) Seminarista 1954-1960

Áñvaro Porto Dapena (Náron, A Coruña, 1940) Seminarista 1954-1960

¡Gracias, Seminario!

Yo me fui al Seminario con la idea de ser cura, como mi hermano César. Me fascinaba llegar un día a decir misa y poder tener a Dios entre mis manos y dárselo a comulgar a la gente. Me encantaba ayudar en el altar, tocar las campanas y, sobre todo, vestir el ropón de monaguillo, especialmente el negro de los entierros, porque se parecía más a una sotana. Recuerdo que un verano mi madre hizo venir a la costurera a casa, para que le hiciera una sotana a César, que acababa de dar un estirón y ya no le servía la que tenía —aprovechando por cierto una vieja que le había regalado D. José Ramón, nuestro cura de Narón—; yo me emperré en que a mí también había que hacerme una y hasta la costurera me llegó a tomar las medidas —con mucha guasa, desde luego, por parte de todos— y me dieron a escoger la tela: me incliné por una muy brillante, asedada, que, naturalmente, era la que iba a servir de forro a la de mi hermano. Mi disgusto fue morrocotudo cuando a los pocos días César desapareció; no estaba, se había ido a Mondoñedo sin decirme ni mu y lo peor era que, según me decía mi madre, se había llevado involuntariamente mi sotana, la de tela asedada, pegada por no sé qué arte de birlibirloque a la suya.

Mi entrada en el Seminario fue algo lógico, natural y hasta esperado y soñado. Por eso, constituyó para mí una indescriptible alegría perderme aquella tarde de septiembre por los claustros de Lorenzana, entre el alboroto de toda la chavalería que, a zambombazo limpio, estrellaban la pelota contra los venerables muros de lo que había sido un silencioso y recogido monasterio de benedictinos: en mi retina permanecen todavía aquellos grabados de la vida de S. Benito que había colgados por las paredes… Pronto hice amigos de un lado y otro de la diócesis y, a los pocos días, comenzamos las clases de Puente Martínez y Balea con aquellas luchas por huir de la cola y llegar si acaso a ostentar un efímero reinado que podías perder en cuanto te retrasases en responder a tiempo un pretérito, un supino o un afluente del Duero. Aunque parezca mentira, se aprendía sintaxis latina traduciendo aquellos originales textos en espiral, sin el más mínimo sentido y coherencia, que, para traducir, nos inventaba sobre la marcha D. José María:

 

“Conozco al hombre que comió las castañas que le vendió la criada a quien mandó la señora lavar la ropa en el río donde se ahogó el muchacho cuando pescaba las truchas que nadaban por el agua, la cual bebían las vacas de las que el señor extraía la leche para hacer el queso. Y ¿quién piensas que se comió las truchas, en vez de ayudar al muchacho a salir del río?”, etc.             

 

No olvidaré aquellos métodos cuarteleros que nuestro Vicerrector, acostumbrado al ejército —pues había estado en la Guerra—, usaba para educar a unos niños y adolescentes, que todo lo aguantábamos y soportábamos estoicamente. E incluso le reíamos las gracias cuando le ponía un mote a cualquiera. Recuerdo que en la primera carta que mandé a mi casa, comentaba inocentemente que teníamos unos superiores muy simpáticos que hasta le ponían motes a la gente; la carta fue leída públicamente como aviso a navegantes y, desde luego, no pasó la censura: tuve que escribir otra.

Los métodos —hay que reconocerlo— eran arcaicos, a veces medievales, inquisitoriales, tridentinos…, pero sin duda eficaces: la obediencia, la disciplina, el esfuerzo y el espíritu de sacrificio eran elementos básicos en nuestra formación. A mí al menos me han marcado positivamente y, como docente, estoy convencido de que ojalá hoy pudiéramos persuadir a nuestros jóvenes de la importancia de esos cuatro pilares en que debe sustentarse la educación humana. Pero si a ello añadimos la fe y la práctica de las virtudes, en que tanto nos insistían nuestros educadores, especialmente los directores espirituales —como no podía ser de otro modo en una institución religiosa como la nuestra—, el resultado tenía que ser óptimo: aquellas meditaciones diarias en la capilla, la frecuencia de los sacramentos, la oración… sin duda nos habrán ayudado mucho —a mí al menos sí— a forjar nuestro carácter y a sentir la necesidad de hacer, de vez en cuando, un alto en el camino y reflexionar sobre nuestra vida pasada y preparar la futura. Yo, desde luego, doy gracias a Dios y a la Virgen, porque todavía conservo esos valores, aunque —¿quién no?— haya tenido que soportar algunas crisis y no pocas travesías del desierto de sequedad espiritual. La primera crisis me vino precisamente por la vocación, cosa que siempre daba por supuesto hasta que un día me di cuenta de que lo mío no era predicar, sino enseñar, investigar; mi familia, incluido mi hermano, se llevó un gran disgusto cuando, en medio del curso, aparecí en casa diciendo que dejaba los estudios eclesiásticos. Hasta el propio Obispo D. Jacinto Argaya, a quien informé por teléfono, me hizo desplazarme a Mondoñedo para estudiar juntos la situación: se comportó —como no podía ser de otro modo— como un verdadero padre.

Pero no quiero ponerme trascendente ahora. En todo caso, ya tocará en otra ocasión. Retomemos, pues, el hilo: estaba todavía en Lorenzana, cursando segundo de Latín y Humanidades. Pues bien, después, mi paso a Mondoñedo fue aun más enriquecedor: mi integración con mis compañeros de curso fue total y comenzó para mí una de las épocas más felices de mi vida, época que duraría dos años más hasta mi paso a Comillas, donde, durante los dos años y pico que allí estuve, añoraba continuamente nuestro Seminario Conciliar de Sta. Catalina. Debo reconocer que en aquellos tres años que pasé en Mondoñedo tuve unos buenos profesores, que nos hacían estudiar y —al menos yo— siempre me sentí muy estimulado por ellos: no puedo olvidar al bueno de D. José Prieto Verdes, el sabio D. Eugenio García Amor, el exigente D. Manuel Teijeiro, el venerado y dicharachero D. Francisco Fanego seguidos de un largo etcétera. De todos ellos guardo un recuerdo imborrable y profundo agradecimiento, pues reconozco que a veces me daban mejores notas de las que en realidad merecía, sobre todo en comportamiento. En este sentido tenía razón Fole, cuando, siendo vigilante en el Menor, un día se acercó a mí y me dijo:

  • Tú llevas nueves en comportamiento, pero, cuando entro en el estudio, siempre te pillo riendo. Voy a tener que tomar medidas contra ti. Da la impresión de que eres de los que las matan callando y…bla, bla, bla.
  • Gracias por el sermón—le respondí.

Al pobre hombre lo dejé descolocado y encima se cabreó más conmigo: creía que le estaba tomando el pelo.

La verdad es que tengo que dar inmensas gracias —GRACIAS con mayúsculas— al Seminario de Mondoñedo por todo lo que me ha dado: en primer lugar, a todos mis queridos compañeros —algunos ya desaparecidos—, cuya camaradería no he logrado encontrar en ninguna otra parte, y, desde luego, a los superiores y profesores que he tenido (aunque a veces renegase, en secreto, de alguno de ellos), de los que siempre he recibido el mejor trato y hasta a veces me he sentido inmerecidamente mimado por todos ellos. Y, ya para rematar, no puedo dejar de referirme a D. Enrique Cal Pardo, a quien —aunque él tal vez ya no lo recuerde— debo la distinción de haber sido enviado a la Universidad Pontificia de Comillas becado por nuestro querido Seminario cuando él era Rector.

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