Fallece el ex seminarista e ilustre lingüista Álvaro Porto Dapena

Alvaro PortoLe recordamos entre el selecto grupo de los de “meritissimus” por su aplicación al estudio en sus años de alumno de nuestro Seminario de Mondoñedo, donde cursó Latín y Humanidades y Primero de Filosofía. Álvaro Porto Dapena, nacido en San Xiao de Narón en 1940, falleció el pasado 6 de octubre tras una prolongada enfermedad. Infatigable en la investigación,  en el estudio y en la docencia, mantuvo tu tesón universitario hasta el final. En 2015, ya con 75 años, era todavía  profesor de la Escuela de Lexicografía Hispánica, una de sus especialidades académicas.

Tras abandonar el Seminario,  en 1960, Álvaro se licenció en Filología Hispánica y, en 1972,  obtuvo el grado de Doctor en la Universidad Complutense, de la que fue profesor hasta 1997. Al crearse, en 1989,  la Universidad de A Coruña, se hizo cargo la cátedra de Lengua Española, de la que se jubiló como Profesor Emérito.

El profesor Porto colaboró activamente en algunas obras monumentales, como el Diccionario Histórico de la RAE, Diccionario de la Construcción y Régimende R. J. Cuervo, Diccionario Coruña de la Lengua Española actual: planta y maestra, y aportó trabajos individuales de notables interés en los campos de la gramática y de la lexicografía.

La villa de Cedeira, donde residía desde su jubilación, le nombró recientemente Hijo Adoptivo.

 

Memoria del Seminario

Álvaro Porto sintió durante toda su vida el tirón afectivo hacia el Seminario. Así lo manifestó generosamente en ocasión del homenaje tributado en 2015 por ex alumnos del histórico centro, con sus aportaciones a la página web (www.homenaxeseminariomondmondonedo.com). En el apartado “Testemuños” de esa página, Álvaro dejó constancia del impacto de su paso por el Seminario:

A mí al menos me han marcado positivamente y, como docente, estoy convencido de que ojalá hoy pudiéramos persuadir a nuestros jóvenes de la importancia de esos cuatro pilares (obediencia, disciplina, esfuerzo y espíritu de sacrificio) en que debe sustentarse la educación humana. Pero si a ello añadimos la fe y la práctica de las virtudes, en que tanto nos insistían nuestros educadores, especialmente los directores espirituales —como no podía ser de otro modo en una institución religiosa como la nuestra—, el resultado tenía que ser óptimo: aquellas meditaciones diarias en la capilla, la frecuencia de los sacramentos, la oración… sin duda nos habrán ayudado mucho —a mí al menos sí— a forjar nuestro carácter y a sentir la necesidad de hacer, de vez en cuando, un alto en el camino y reflexionar sobre nuestra vida pasada y preparar la futura. Yo, desde luego, doy gracias a Dios y a la Virgen, porque todavía conservo esos valores, aunque —¿quién no?— haya tenido que soportar algunas crisis y no pocas travesías del desierto de sequedad espiritual”.

Descanse en paz nuestro querido y admirado compañero.

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