Jamón de quinientos euros

Por Ricardo Timiraos Castro

Me lo contaba una niña: “Mi prima tiene una amiga que dice que, si su padre no compra un jamón de quinientos euros, no es Navidad”. La niña en cuestión estudió en un colegio elitista de monjas, pero por lo visto sus profes no supieron explicarle aquello de que Jesús y su familia eran muy pobres. Es lo que tiene ser rico, que ni siquiera las monjas logran educar en la humildad, en la pobreza y, sobre todo, ser solidario con los necesitados. Alguien debiera enseñarle a la muchachita a conjugar el verbo compartir.

La verdad es que cada día me da más asco tanta parafernalia e hipocresía festiva de estas fechas: nos felicitan los que en todo el año no se acuerdan de nosotros, nos envían felicitaciones, de las maneras más creativas, deseándonos amor, paz y toda esa zarandaja de originalidades y, sin embargo, desconocen lo que sientes en tu fuero interno. En una palabra, juegan al pernicioso montaje del Belén y apuntan a Cristo a su partido. Ya no hablo de la cantidad de estupideces que adornan estos días. Y si no llegaba ya con la ostentación y el despilfarro de los Reyes Magos, importamos el Papá Noel o lo que sea necesario con tal de consumir, tirar dinero… para después pasarnos la vida pensando en cómo conseguirlo. Por supuesto, los métodos para su consecución son, generalmente, asquerosos, mezquinos y un sinfín de adjetivos donde viven la envidia, la avaricia, el orgullo… y responsable de tantas estupideces. El Becerro de Oro que tanto obsesiona a muchos y el verdadero responsable de tantas guerras y tantas injusticias. Por más que el Papa les hable de los niños que remueven la basura para comer; por más que les diga que las bombas están mutilándolos, cuando no segando su vida; por más que los veamos morir en las aguas del Mediterráneo o por más que el telediario nos muestre a los refugiados …nada parece conmover nuestros corazones. Y es que vivimos acorazados, esquivando la realidad y negándonos a ver aquello que no nos afecta directamente. Nos negamos a recordar la verdadera lección de Cristo.

La niña en cuestión no es una niña imbécil ni nada parecido; es sólo una víctima de una sociedad consumista y absurda, alienada en un mundo de luces de neón donde la pasarela vive obsesionada con su hedonismo y narcisismo y esa es la escuela en la que estudia. Porque la verdadera escuela es esa. El colegio es donde puede aprender muchas y buenas cosas, pero la verdadera escuela es la vida –no la que sirve a algunos para rellenar el perfil de faceboock – sino la que se vive también fuera de las aulas observando, trabajando y actuando con comportamientos y ejemplos… que también los hay buenos.

Por tanto amigos, yo no voy a participar en belenes ni en esas habituales cabalgatas en las que pasé tantos años. Prefiero decirle a la niña en cuestión que no se deje deslumbrar por tantos fuegos artificiales, por tanto espumillón y papel de colorines; que la vida resulta más hermosa cuando uno se entrega a los demás, cuando se comparte el pan con el necesitado, cuando uno es capaz de descubrir que hay otra realidad que no es la del sofá de casa, que sin jamón se puede vivir perfectamente, que su papá puede ser bueno sin empujar a nadie en su trabajo y sabiendo administrar sus recursos, que es una estupidez compra compulsivamente cosas que no sirven para nada, que malgastamos la mayor parte de lo que ganamos… Es importantísimo, Corazón, aprender la verdadera lección del Belén: Amar. El jamón es una más de las muchas vanidades.

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