José Manuel García Cheda

Seminario de Mondoñedo, ¡en el corazón!

 

José Manuel García Cheda Ferrol, 1943 Seminarista, 1954-1965

José Manuel García Cheda
Ferrol, 1943
Seminarista, 1954-1965

Después de haber leído todos los testemuños de los compañeros, me reconozco incapaz de ser muy original en la manera de mostrar mi gratitud profunda al Seminario de Mondoñedo. Podría escribir todo lo que se ha escrito como valoración  de la importancia del Seminario sin faltar a la verdad, pero, para no repetir , y para no aburrir,  voy a intentar, aunque sólo sea balbucear   un aspecto que , para mí, con mucho,  ha sido el más importante de toda mi vida y lo seguirá siendo. Me refiero al aspecto puramente espiritual.

Para intentar exponerlo cronológicamente, aunque el tiempo  espiritual no pueda entenderse

con cualquier lógica, empiezo por mi niñez. Y confieso que, desde que tengo algún recuerdo de mí en mi niñez, fui un niño excesivamente preocupado por temas que seguramente a un niño no deberían preocuparle hasta tal punto y de esa manera: la muerte, Dios … Esos temas, sobre todo la muerte, más o menos conscientemente me traían perdido de preocupación tanto que, pensando en  eso, vivía en otro mundo. Me parecía, por ejemplo, increíble que dada la fragilidad de un cuerpo pudiese permanecer vivo normalmente un minuto y no digamos un año. Era como un nihilismo, en infantil, pero incapaz de cumplirse pues Dios estaba siempre allí para imposibilitar el ser aniquilado e irme  de rositas a la nada eterna. ¿De qué vale todo si tienes que morir? La pregunta era tan auténtica como el Eclesiastés. La respuesta, como en él, aún esperaba la plenitud de Jesucristo.

 

En este aspecto, Lorenzana no me enseñaría mucho. Lo que sí recuerdo, con alegría y gratitud, es que en unas vacaciones en que los seminaristas íbamos juntos a bañarnos a una playa había un compañero mayor -Losada- que, en voz natural pero ungida, como en un sermón de la montaña, nos hablaba a todos de Jesucristo, el Amor de Dios. Como diría Homero de Ulises, sus palabas caían de él “como cae lenta la nieve pura en invierno”. Me impactó tanto que nunca lo olvidé.  Aquello era otra música que yo jamás había oído. Hace pocos años, un día lo encontré y se lo recordé profundamente agradecido.

En Mondoñedo, en el Seminario Menor, aunque no recuerde hechos concretos especiales al respecto, todo debió de ser mejor. De hecho lo era el ambiente que se respiraba y lo que emanaban sobre todo algunos superiores verdaderamente espirituales, y  no necesito nombrarlos  porque  es admirable cómo todos los reconocíamos. Me encantaban de modo especial los ejercicios espirituales, donde me encontraba en lo más mío y de donde salía feliz. Tan feliz era que no me importaría, entonces, pasar meses de retiro espiritual.

Aun suponiendo que el mundo está siempre en crisis y las personas en él, nuestro paso al Seminario Mayor coincidió, seguramente, con una aceleración en la crisis de la postmodernidad, en la que se sentían crujir y temblar de manera especialmente intensa casi todos los firmes fundamentos del paradigma en los que nos habíamos asentado, incluso quizás, dormido, y que estaban siendo cuestionados desde tiempo atrás. Eso no afecta a la esencia del cristianismo sino, para bien, a la necesidad y a la posibilidad de profundizar siempre más en él. De hecho, siempre hubo cristianos auténticos, también entonces en el seminario. Y a veces son los que menos entienden de paradigmas.

 

Y, para  terminar la “homilía”, quiero aludir al Salmo 130 que tengo delante de mí en versiçon latina vulgata; estoy trabajando ahora en él en una obra para orquesta sinfónica y coros. Sólo aludo al principio y al final. ¿No resume mi propia vida y, quizás, la de muchos de nosotros?:

“De profundis clamavi ad Te, Domine, Domine, audi vocen meam! Spero in Dominum,.. exspectat anima mea Dominum magis quam custodes auroram. Exspectat Israel (omnis terra) Dominum… et ipse redimet Israel (universum mundum) ex omnibus iniquitatibus eius”

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