Juan Luis Pía Iglesias

Una experiencia infantil

 

Juan Luis Pía Iglesias

Juan Luis Pía Iglesias A Coruña, 1952 Seminarista, 1963-1968

He tardado en atreverme a dar testimonio de mi pasado de seminarista, porque siempre lo he tenido muy presente.

No estoy muy seguro de tener derecho a molestar a nadie con recuerdos tan íntimos, pero entiendo que el entusiasmo concitado por el homenaje será excusa suficiente.

Toda iniciación es importante, pero la que se produce en la infancia es decisiva; luego vienen otras, de sabor amargo o de frutos dulces, pero nada es comparable a aquello que nos moldeó en la temprana edad de la inteligencia, porque eso es lo que más recuerdo, la sensibilidad de todos los sentidos abiertos a todo y a todos.

Para empezar, me gustaría saber quién fue la persona que me ayudó cuando llegué por primera vez al Seminario de Mondoñedo. Mis padres me habían provisto de una enorme y pesada maleta que junto con el colchón de lana eran una impedimenta imposible para mis escasas fuerzas infantiles. Al llegar, mezclado en el bullicio de reencuentros y animación, mi patológica timidez me encerró en un absoluto mutismo mientras trataba de imaginar cómo solucionar aquella situación, pero no fui capaz de arreglarla; así que, ya de noche, un niño desolado permanecía al lado de sus enseres en aquel pasillo que se había quedado desierto, pero cuando todo parecía más difícil, apareció un joven fornido, simpático y decidido, quien, tras hacer un par de preguntas, cargó con mis cosas como si fuesen plumas y me condujo supongo que al dormitorio o al refectorio o, en fin, a algún lugar del alojamiento. Fue el primer día de curso del año 1963 0 1964; si alguien se reconoce en esta evocación o puede identificar a mi cirineo. Se lo agradecería en el alma, aunque sólo sea para presentarlo a mis nietos como personificación de la bondad.

Debo decir que esta anécdota no fue un episodio aislado, porque recuerdo conductas bondadosas muy reiteradas en los cinco años en que fui seminarista.

Hombre, también hubo algún episodio más o menos desagradable pero fueron los menos; ni recuerdo los hechos, ni me acuerdo de los protagonistas.

Recuerdo con emoción a mis compañeros tal y como eran, a los profesores y a los padres espirituales, que así se llamaban, sobre todo a uno con el que me he reencontrado a través de la prensa al sufrir los avatares del reciente caso del Códice Calixtino, así que aprovecho para decir con orgullo legítimo que fue una suerte y un honor contar con su guía y apoyo, que tampoco me faltó más tarde en relación con mi trayectoria profesional.

Como en lo académico fui capaz de responder con cierta fluidez, mis encontronazos con la disciplina fueron escasos, aunque algunos muy recordados y pronto se convencieron todos de que eso del deporte es una de las insanias menos recomendables para mí y dejaron de exigirme su práctica (aunque luego me aficioné a alguno) y me permitieron refugiarme en la lectura.

Apenas veíamos TV, la música que se facilitaba en general era clásica y solemne; las revistas, incluso las de humor blanco, no estaban bien vistas y los juegos del patio que no fueran el fÚtbol eran de espectro muy reducido, así que elegí leer.

Recuerdo un libro que no he vuelto a encontrar y cuyo título era algo así como “A través del desierto del Gobi” que también querría adquirir si alguien fuese capaz de identificarlo; recuerdo un florilegio latino con dibujos de legionarios romanos y recuerdo sobre todo mi constante afición de esos años, una colección de gran parte de las novelas de Tarzán ilustrada en portada con fotografías de Lex Barker (uno de los tarzanes menos afortunados del cine) y recuerdo las horas deliciosas en compañía de los gomanganis, de numa y de horta y todos los demás.

Realmente he repasado alguna de esas lecturas cuando fui adulto y la impresión es mucho menos maravillosa, pero le guardo un cariño especial.

Cuando dejé el seminario caí en la cuenta de que lo que allí nos enseñaban era el trívium y el quadrivium con profesores a veces carenciales pero muchos geniales. Yo sé leer música a despecho de mi torpe oído , sé algo de latín y un poco de griego, me entiendo en francés y llegué a tener conocimiento de ciencia bastante aceptable.

Aun así, cuando regresé a lo que ahora llaman laico, se me había dicho que la formación en los institutos -y no digamos en las universidades- superaba con creces la que nosotros habíamos recibido, que se tachaba de oscurantista, reaccionaria y misógina o, por lo menos, sexista. Mentira. Tan atemorizado estaba que en el curso preuniversitario y en el primero de carrera en Santiago de Compostela me pasé de acelerador e hice mis mejores cursos con un sobreesfuerzo que nadie requería entonces y me parece que ahora tampoco.

Recuerdo largas caminatas higiénicas, rosarios al aire libre, misas de campaña, ejercicios espirituales, devociones y meditaciones que tal vez fueran excesivas para un niño pero que educaron mi atención, mi esfuerzo y el respeto por quienes se esfuerzan en enseñar. Ni que decir tiene que mi respeto por sacerdotes y por el catolicismo se ha mantenido incólume con algunas etapas críticas más o menos elementales y me duele que aquel centro que casi fue un oasis de cultura y cierta forma de libertad esté a punto de desaparecer por motivos tal vez respetables aunque a mí no me lo parezcan.

Lamento que la ciudad episcopal haya dejado de serlo, que se note decadente en casi cada rincón y que el seminario de Santa Catalina se conserve en su fábrica con cierta falta de brillo pero con serenidad.

Recuerdo a Cunqueiro entrevisto con la admiración ignorante de quien se fiaba de los que lo ensalzaban (aunque poco) porque preferían a Otero Pedrayo que un día nos dirigió una suerte de plática florida que adormeció mi interés infantil.

Volviendo a Cunqueiro, ¿quién me iba a decir a mí que me estaba educando en la ciudad de quien ha sido y es el mejor escritor europeo del Siglo XX?

No exagero nada. Palabra.

 

 

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