Manuel Villares Vázquez

 

                                                           Recuerdos de una epoca

Sargadelos, 1947 Seminarista, 1959-1967

Sargadelos, 1947
Seminarista, 1959-1967

Era primavera cuando Antonio Rolle, entonces párroco en Cervo, le propone a mis padres la posibilidad de que yo pudiera ir al Seminario para lo cual había procurado que una familia de clase alta aportara una pequeña beca que a su vez unos antepasados suyos habían dejado en herencia. Años más tarde cuando dejé el seminario comprendí que para esta familia, a la que estoy agradecido, la colaboración a la formación de un sacerdote no era sólo altruista sino más bien imagen de una clase dominante.

Que padres preocupados por el porvenir de sus hijos no iban a desear que uno de ellos tuviera estudios. Una familia como la mía veía en el seminario la posibilidad de que yo no tuviese que ir a la mar como hacían la mayoría de los jóvenes del pueblo.

Así que llegado agosto me voy a Lorenzana con mi colchón, el hecho de llevar el colchón, yo que era un niño, me impresionaba de tal manera que me daba la sensación de que me iba muy lejos y para mucho tiempo.

El día a día ya ha sido descrito por otros compañeros en este foro: las comidas, las clases por puestos, los partidos de futbol, los profesores. Me referiré a un hecho que me preocupaba especialmente cuando D. José Mª Puente me encargó de las pelotas de pingpong y a la hora del recuento era un tremendo sufrimiento ya que por cada falta de una pelota recibía un tremendo manotazo acompañado del famoso” majadero”.T al era mi preocupación que le encargaba a mi padre pelotas de pingpong cuando venía a verme para poder reponerlas sin que D. José Mª notase su falta.

A los dos años a Mondoñedo. Ese verano me llevó mi madre hacer dos sotanas, una de faena y otra de paseo, al sastre Leiras. Me hacía ilusión ponérmelas, aunque a mí nunca me ha gustado el negro, reconozco que puede resultar elegante, pero no es mi color favorito.

Recuerdo Mondoñedo con mucho cariño a los profesores y a los compañeros. Podría describir cada curso con detalle, pero sería demasiado largo, simplemente decir que me tomé muy en serio los estudios, y sobre todo en los últimos años la posibilidad de ser sacerdote.

Creo recordar, que mi curso fue de los primeros en ir a estudiar Teología a Salamanca. Yo decidí quedarme y cambié Salamanca por Madrid, pero antes pasé el verano en París con dos compañeros Aquilino y Ramón donde vivimos de cerca el mayo del 68.

En Madrid había que empezar por hacer el servicio militar, sin lo cual era difícil acceder a ningún trabajo aceptable. Lo hice en el Ministerio del Ejército al tiempo que preparaba el acceso a la Universidad a la que luego no iría.

Al terminar volví casi a tiempos del seminario, ya que compartía pensión con dos antiguos compañeros Pepe y Javier y hablábamos mucho del tiempo que habíamos pasado en Mondoñedo y asistíamos de vez en cuando a las charlas del padre Ceñal en los jesuitas de Serrano.

También vivimos allí nuestros primeros guateques, tan de moda en aquellos tiempos. La dueña de la pensión organizaba guateques para sus hijas y amigas con el propósito de que allí estaban recogidas y sabían lo que hacían, si no se iban por ahí y no las controlaban. A nosotros también nos invitaba y pronto comprobaban nuestra torpeza en el baile. Mientras tanto las mamás solían tomar café en la sala contigua, pero a menudo entraban en el salón y se sentaban un rato para ver a los jóvenes bailar y comentar la buena pareja que hacían tal chico con tal chica.

Fueron tiempos muy duros para mí sin un futuro profesional claro. Tenía un poster en la habitación de una frase que había leído de R. M. Rilke “Convierte tu muro en un peldaño”. Miraba aquel poster cada mañana con la ilusión y la esperanza de encontrar algo mejor que mis clases en el colegio de Alcobendas, hasta que tuve la suerte de encontrarme con D. José Mª Díaz al que había conocido en el seminario, que me ayudó un montón y a través de su hermano Ramón orientó mi vida laboral en la industria farmacéutica en la que en distintos puestos estuve trabajando hasta mi jubilación actual.

En esta época, también tuve la suerte en encontrar a Charo, mi compañera hace 41 años. Dos hijos y dos nietos.

Sirvan estos recuerdos como homenaje al seminario y a los profesores que en aquella época nos formaron como mejor podían y sabían.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *