Ricardo Díaz Pardeiro

Cinco años que determinaron mi vida

Ricardo Díaz Pardeiro

Ricardo Díaz Pardeiro

No tenía los diez años, los cumplía en noviembre, y resonaban en mis oídos las palabras de mi padre durante el viaje a Lorenzana: “Pepe, piénsalo bien, quizás sería mejor que hicieses el bachillerato y luego tomases una decisión más reflexiva” A mí, aquellas palabras me sonaban a un intento de no dejar que se cumpliese un deseo que se fraguara a lo largo de mi niñez. Era sincero conmigo mismo, sin duda, pero estaba equivocado porque era muy grande mi candidez y tanta inmadurez no es buena a la hora de enfrentarse con una vida de seminario llena de trabajo, estudio, rigores climáticos, personas que desconoces….
Los dos años de Lorenzana son inolvidables. Todos recordamos a Don José María Puente, a Don Darío Balea, al director espiritual Don Amable, figura hierática que me infundía una profunda sensación de virtud y de sacrificio; me lo imaginaba con cilicio, santificando sus culpas de hombre pecador. Don Cesar, el párroco, y el coadjutor, profesor también, del que solo recuerdo su olor a fumador empedernido.

Mucho frío, jugar al ping-pong, cada cual en su turno, ejercitaba los músculos y “la última paradiña” de Domingo Fernández Barrera presagiaba su futuro como portero de fútbol. El arroz con leche a las noches…, intragable, envuelto en papel o en lo que fuese, su destino sería cualquiera que no fuese mi estómago. Ayuno obligado, pero siempre con la esperanza de que la situación cambiaría al día siguiente, ya que el menú también cambiaba: “No hay que desanimarse que esta noche hay tortilla…”, voceaba Escourido para elevarnos la moral y la posibilidad de satisfacer nuestro apetito.

Dos años de experiencias múltiples, olvidadas en mi mente y que hoy acuden a mi recuerdo. Sonrío feliz, casi a carcajadas, pues somos una generación que merecemos aplausos por haber mantenido una forma de vida tan diferente a lo que hoy nos rodea. Mis hijos se quedan atónitos ante semejantes situaciones, no les interesa; quizás hasta piensen que su padre empieza a declinar sin remedio. Mis nietos aún no tienen la edad de escucharlas y quizás no les transmita ninguna de estas experiencias, por muy satisfactorias que hayan sido para mí.

El paso a Mondoñedo era un trampolín importante, un salto cualitativo trascendente. La nueva indumentaria, la sotana, el bonete…, toda la liturgia, la sagrada y la otra, tenía un profundo significado. Habíamos crecido, algún cambio estaba en nuestra mente y en nuestro cuerpo y necesitábamos orientación, no reprimendas. Analizar nuestra interioridad era tarea difícil, abrirse a los demás no era fácil y las responsabilidades académicas, personales y espirituales aumentaban de forma significativa. La rutina se hacía agobiante y la incomprensión iba en aumento. Se necesitaría un personal que analizase las individualidades de una manera más racional, no por simples intuiciones ya que ni la “fumareta” en el último piso era tan trascendente, ni la ingenuidad personal se podía confundir con un conocimiento de lo que ocurría a nuestro alrededor. No es reproche, simplemente análisis en la perspectiva del paso del tiempo.

Mi futuro personal, espiritual y académico estuvo determinado por mi estancia en el Seminario, apenas cinco años: los latines, que encauzaron mi futuro por “letras”, otra variante sería dificultosa y los balbuceos en mi vida pienso que también estuvieron determinados por esta experiencia que no me atrevo calificar de positiva ni negativa, simplemente la he vivido y he tenido que administrarla con muchas vacilaciones.

Pero estoy satisfecho de haberla vivido, pienso en positivo y a mis años sigo sonriendo pensando en aquellos tiempos. Y estoy deseando encontraros en octubre.

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