D. Enrique Cal Pardo, hombre de Dios

Don Enrique Cal Pardo

(Con motivo del homenaje que se rendirá el próximo día 5 de noviembre en  Mondoñedo al insigne teólogo e historiador Enrique Cal Pardo, en su centenario, nuestro compañero Ricardo Timiraos nos ofrece una semblanza del don Enrique más íntimo, solo alcance de quien mantuvo con él trato  familiar durante toda  su vida)

 

Por Ricardo Timiraos Castro

 

En la tierna aldea de Galdo, tierra cantada por Dóriga, cuna de mis antepasados, hoy casa de mi familia y vergel donde nació la mejor rosa que me regaló la vida, Maika, mi mujer; allí donde viven mis anhelos más solidarios con el sudor de labriegos y ganaderos, en el lugar de los Villegas, nació, hace ahora cien años, D. Enrique Cal Pardo. Popularmente conocido por Enrique de Villegas.

Teólogo e historiador mevievalista.-No haré aquí un extenso y exhaustivo curriculum sobre las virtudes que adornaban a tan insigne prelado del Papa, distinción  compartida con nuestro queridísimo profesor D. Uxío García Amor, ni tampoco hablaré de su categoría como autoridad medievalista- ¡con qué pasión me lo alababa el hermano de su colega López Alsina este verano! – ni  de los ilustres alumnos que pasaron por sus manos – valga solo como botón de muestra Arsenio Ginzo y su laureado libro sobre “Hegel y los jóvenes hegelianos”- para enmarcar la personalidad de D. Enrique. Permítaseme solo decir que recibió la Medalla Castelao por su enorme capacidad investigadora. Hombre que fue profesor de Teología, canónigo, deán, archivero… y, sobre todo, estudioso infatigable de su especialidad y del Medievo como lo demuestran la cantidad de publicaciones y el testimonio de prestigiosos historiadores que bebieron de sus fuentes.

Cura de la familia.-D. Enrique, a nivel personal, era el cura de la familia, con un parentesco lejano, con el que, sin embargo, había un trato muy cercano e íntimo. Fue mi mentor en los años de seminario, mi amigo después, el cura que nos casó, el hombre que visitaba a mis padres en vacaciones, el hombro sobre el que llorábamos a nuestros muertos, el que daba la comunión a los sobrinos… El cura que bendijo mi casa, aquel al que íbamos a visitar a Mondoñedo con cierta frecuencia, sobre todo a raíz de nuestra jubilación, y con el que disfrutábamos con gran alegría mutua. Él era nuestro confidente y nosotros también algo suyo.

El último abrazo.-Siempre recordaremos, Maika y yo, la última visita a Mondoñedo: era habitual esperar que saliese de su trabajo, cerrase la catedral y nos fuéramos a comer, ya al Valeco, ya al Montero, donde charlábamos de todo aquello que nos preocupaba: de la familia, de la salud de unos y otros, de mis antiguos profesores y su estado, del éxito de la revista “Amencer” obra de su director,  mi excompañero Félix Villares, de mis andanzas, literarias o no por Madrid, de Cunqueiro, de Cela, … Después lo acompañábamos al Seminario y subíamos a su habitación, pero en la última, como si supiera que ya no habría más encuentros, al despedirnos, se abrazó, primero a Maika, y después a mí, con un abrazo tan fuerte y profundo que parecía salir del alma y así vaciar su corazón. Y tuvimos una extraña sensación, como quien acaba de beber en un pozo la sinceridad y amor paternal que quedó para siempre grabado en nuestras almas.

Salimos de allí, mi mujer y yo, abrazados y llorando. Y aquí es cuando conviene evocar aquellos hermosos versos de Tagore: “ Si lloras por perder el sol, no podrás ver las estrellas”. Y es tan cierto, que si bien aquel sol de D. Enrique voló hacia ese Dios bondadoso y de misericordia, que con tanto ahínco buscó en la Tierra, lo cierto es también que, en ese microcosmos que es el Seminario, todavía permanecen impertérritas aquellas estrellas, antaño profesores y sacerdotes, que alumbran en las nieblas de nuestro camino.

En busca de la luz.-D. Enrique, hombre inteligente, virtuoso y culto, escogió el camino de la Teología para alcanzar esa meta que lo acercase a Dios siguiendo el evangelio de San Juan cuando dice en palabras de Dios: “ Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida”. Otros, sin embargo, caminamos por senderos más tortuosos y peligrosos, más sumergidos en las procelosas aguas de la vida, errando, cayendo y levantándonos con la ayuda de faros o estrellas como D Enrique. Siempre recordaré su última lección: “ Antes de hablar, hay que pensar dos veces lo que se va a decir.”

Agradecimiento.-Valgan estas palabras paras agradecer a D. Enrique la generosidad que con nosotros ha tenido toda su vida; para darle las gracias a su sobrina Mari Carmen y su marido Toñito por los cuidados que siempre le dedicaron; gratitud extensible, como es obvio su hermano Paco, con cuya amistad siempre hemos contado; a los señores Piñeiro González y Fernández Pacios, por haber mantenido inhiesta la enseña de D. Enrique organizando este y el anterior homenaje; y por último, permitan me recordar con inmenso cariño a todos los sacerdotes que han sido mis profesores y amigos y hoy viven en el Seminario y siguen siendo esas estrellas.

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