En varias ocasiones he comentado con Ángel Felpeto que su paisano Antonio Domínguez es para mí la memoria musical del Seminario; recobrada estampa que me devuelve a la memoria con emoción aquel fraseo suyo en la liturgia del domingo por la noche (Vesperae solemnes. Eucharistica Benedictio) en la gran capilla del Menor y a la que acudía también el alumnado del Mayor en pleno. La liturgia incluía la Exposición del Santísimo para lo que la capilla lucía la iluminación extraordinaria. La voz de Antonio emergía en alternancia o complicidad con la Schola, fieles ambos a la batuta de don Eugenio. El más redondo y emotivo timbre de voz que conocí en Mondoñedo era el de don Antonio. Si me apuran, podría entonar yo, de tanto recordarlas, las primeras notas del “Nigra sum, sed fermosa”, un gregoriano conmovedor; luego supe que basa la letra en un pasaje del Cantar de los Cantares, “ejemplo del canto llano que se usa en la liturgia de la Iglesia Católica”.

Nombres para el recuerdo
Había oído hablar de otros seminaristas cantores de mucho brillo; de mi paisano Secundino Balseiro Martínez (San Claudio, Ortigueira, 1928, ordenado en 1952, que marcó una época como solista además de ejercer como profesor de música. Otra voz extraordinaria era la de José Luis Parga Santiago (Vilalba, 1931), a quien tuve como prefecto de disciplina en Lorenzana en 1955-1956). Y un organistas de gran nivel fue Alfonso de la Torres, cura de Burgás. Pero Domínguez sirve de molde para diseñar un tipo de profesor musical del Seminario, reclutado no en base a sus créditos académicos, sino en la prestación espontánea del propio alumno de los cursos superiores, conforme en la más estricta transmisión del conocimiento doméstico: poco menos que el boca a boca.

Alumnos vocacionados
¿Cómo se hacía la selección del profesorado no especializado, en una época en la que, financieramente, el Seminario no estaba en condiciones de hacer contrataciones externas para esta materia? Muy fácil: Haciendo de la necesidad virtud. Entre los 122 alumnos matriculados en Filosofía y Teología en el curso 1955-1956 -pongamos éste año como ejemplo-, afloraban espontáneamente vocaciones musicales, alumnos dotados e interesados en la música que por su iniciativa iban progresando y destacando sobre el resto. Eran profesores “soto voce, incontestables. Uno de ellos fue Domínguez. Cuando el paciente Antonio Domínguez me desasnaba en corcheas en mi Cuarto de Latín, él andaba por Primero de Teología; esto es, cinco cursos arriba, los mismos cinco años que me superaba en edad. Pero al verlo entrar en el aula, sonrosado y mofletudo, con el libro de solfeo bajo el brazo, parecía Fleta y Mozart en una pieza. Era, nada menos, que “Don Antonio”, la autoridad.

Profesores no “reconocidos” oficialmente
Había una pequeña escuadra de profesores ocasionales (los “profesores-alumnos”) que vivían al margen del reconocimiento oficial, puesto que nunca figuraron en el Kalendarium de cada curso; esa mención estaba reservada a los profesores orgánicamente reconocidos, todos ellos ya ordenados sacerdotes. De este modo, en los Kalendarium que yo manejo (cursos 1955-56, 59-60, 63-64, 65-66 y 66-67), tan sólo figuran en la orla profesoral Eugenio García Amor, que según me refiere Higinio Rodríguez López, lucía como Prefecto de Música (rango desconocido en el Kalendarium), y cuyo prestigio y denodada entrega dominó la docencia musical en el Seminario, en sus las distintos grados (Latín, Filosofía y Teología) durante más de una década. Junto a él destacó una figura del mayor rango, José María Rodríguez Díaz (Cedofeita, Ribadeo, 1935) que había cursado estudios superiores de Gregoriano en Salamanca. Marcó una época. Vienen luego otros nombres reputados, los de Antonio Cendán Seixas, organista además de docente, que tuvo como adjunto en Vilanova a Higinio Rodríguez López, otro de los que pasó estudios puntuales en Salamanca; añádase a Rosendo Yáñez, que se ocupó de la asignatura de Música Pastoral de Cuarto de Teología y, en el Menor de Lorenzana, tan sólo lucen los nombres de Manuel Vilela Bellón, nombrado en 1954, recién ordenado, como director espiritual, y Francisco Martínez Sánchez (Pacurri) que, flamante presbítero en 1964, asumió una larga nómina de asignaturas incluida la de Música. No queda constancia documental de la labor desarrollada por otros muchos, bien como organistas, como Jaime Cabot (Maestro de Capilla de la Catedral), José Bello Lagüela y su sucesor José Luis Caruncho; o alumnos autodidactas como Bernardo García Cendán y Jesús Gómez García, “El Vivariense”.

Un proyecto: Historia de la Enseñanza Musical en el Seminario
Hago aquí un llamamiento a la portación de datos sobre profesores de música (alumnos profesores incluidos) que hemos tenido en Lorenzana y Mondoñedo. Se trataría de elaborar una historia de esta prodigiosa aventura académica hecha posible con vocación, esfuerzo y amor al Seminario.-R. Barro

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