Arsenio Ginzo Fernández

ArsenioGinzoFernandez (1954-1962)

Arsenio Ginzo Fernandez (A Pontenova, Lugo) Seminarista 1954-1962

Un sentimiento de gratitud

Mentar el Seminario de Mondoñedo supone para mí evocar una institución entrañable, con la que tengo una deuda profunda. Mi vida hubiera sido muy distinta si no hubiera pasado por sus aulas durante varios cursos. Por ello cuando me refiero al Seminario de Mondoñedo, no puedo menos de experimentar un sincero sentimiento de gratitud.

 

Habiendo nacido en una aldea perdida del Norte de la provincia de Lugo, alejada de todo centro de Enseñanza Media y por supuesto universitaria, se me presentaba como una utopía irrealizable la posibilidad de realizar unos estudios que fueran más allá de lo que la escuela parroquial pudiera proporcionarme.

La vida de un niño de una aldea gallega era entonces dura y exigente. Desde muy pronto tenía que conciliar la asistencia a la escuela con la ayuda a los padres en las múltiples y absorbentes tareas del campo. Muchas eran sin duda las limitaciones de aquel tipo de vida, aunque también hay que reconocer que no todo eran desventajas. Asimilábamos pronto el espíritu de sacrificio, de sobriedad y laboriosidad. Junto con ello también quedaba un espacio para un espíritu franciscano de cántico de las criaturas y para el asombro ante el misterio de la vida que percibíamos en nuestro entorno, en sus múltiples manifestaciones. Todo ello nos iba preparando desde temprano para hacer frente al reto de la vida.

Ajeno, ciertamente, a la idea de prolongar mis estudios más allá de lo que la escuela parroquial pudiera ofrecerme, la verdad es que procuré asistir a la misma con el mayor aprovechamiento posible. Tal aprovechamiento respondía sin duda a una inclinación propia, pero se vio estimulado, además, por la circunstancia de que tenía una magnífica maestra.

Un buen día esa maestra me abordó y, para sorpresa mía, me preguntó si no me gustaría ir a estudiar al Seminario de Mondoñedo. Yo, superado el desconcierto inicial, expresé mi conformidad y ella contactó con D. Pastor, el sacerdote encargado de mi parroquia y con mis padres y se buscó la forma de llevar a la práctica tal decisión. De este modo pude comenzar mis estudios el curso 1954-55.

Esa magnífica profesora, a la que me he referido, era Dª Teresa García Amor, hermana de D. Eugenio, a quien iba a tener como apreciado y respetado profesor años más tarde en el Seminario. Desde luego mi relación con esta familia ha sido una relación afortunada.

Creo que me adapté bien a la vida del Seminario. Asistía tanto a una profundización y ampliación de las enseñanzas iniciadas en la escuela parroquial como a una profundización de la vida religiosa. Por otra parte, el espíritu de disciplina, de sobriedad y laboriosidad de que se imbuía la vida del Seminario, no le resultaba nada extraño a quien provenía de la dura vida del campo.

No se trata de idealizar la vida del Seminario. Sería fácil señalar toda una serie de deficiencias y limitaciones, de distinta índole : estructurales, propias de la época a que nos referimos, o bien de carácter personal. Pero ¿dónde no hay deficiencias? ¿qué institución humana no las tiene?. Por lo que a mí se refiere, el balance de mi encuentro con el Seminario ha sido claramente positivo. Y este balance incluye los distintos aspectos : desde los estudios como tales a la formación humana, moral y religiosa. Y por supuesto la relación con los compañeros. Con muchos de ellos sigo manteniendo una relación de amistad. No es extraño: hemos compartido años decisivos de nuestras vidas. Algunos se fueron quedando prontamente por el camino. Para ellos un recuerdo especial. Y un recuerdo de gratitud también hacia tantos profesores que, en líneas generales, desempeñaron con competencia y cercanía su función docente, y que, en su gran mayoría ya no están entre nosotros. Creo que los recuerdo a todos.

En cuanto a las enseñanzas recibidas en el orden intelectual, desearía destacar el amplio apartado “Latín y Humanidades” que, en parte, se iba a prolongar en el ciclo “Filosofía”. Me gustaría detenerme un momento en la asignatura de latín, pues en el primer ciclo de estudios, era aquella a la que dedicábamos más tiempo. En abierto contraste con lo que ocurre en los planes de estudios actuales, en los que el estudio del latín ha quedado reducido a la irrelevancia, la lengua de Cicerón ocupaba, como es de sobra sabido, un lugar central en nuestra formación. A este respecto no puedo menos de evocar aquí a la figura entrañable de un gran profesional como fue D. Francisco Fanego, maestro de tantas generaciones de estudiantes, y buen merecedor de la Encomienda de Alfonso X el Sabio que le fue concedida. A la vez no puedo menos de recordar un instrumento de trabajo tan útil como el Diccionario de Raimundo de Miguel, que por fortuna ha sido reeditado recientemente por la editorial Visor.

A mí personalmente el aprendizaje de este idioma me resultó apasionante. Hace unos años un amigo, profesor de Literatura, me preguntó si recordaba algún escritor cuya lectura me hubiera impactado especialmente durante mis “años de aprendizaje”. No me resultó difícil responder. Aunque sin duda también otros escritores me habían gustado a lo largo de ese periodo, nadie lo había hecho tanto como Virgilio, tal como lo podía leer, aunque con alguna dificultad, como estudiante de latín del Seminario. La belleza de sus versos me había seducido. Hoy es un autor que me sigue fascinando, y que ello sea así constituye una parte de la deuda que tengo con el Seminario de Mondoñedo. Y ello al margen de la idealización que el poeta de Mantua hacía de la vida campesina :¡O fortunatos nimium, sua si bona norint Agrícolas!

También el resto de la formación humanística solía tener un nivel satisfactorio. A veces muy satisfactorio. Lo mismo que en el caso del latín, también cabe hablar hoy de la crisis de las Humanidades, en un mundo quizá demasiado absorbido por los intereses pragmáticos. Los avances tecnológicos de nuestro tiempo son justamente objeto de admiración universal, pero ello es compatible con el embrutecimiento de la sociedad, un embrutecimiento que una mejor formación humanística contribuiría a paliar. A este respecto, también la educación humanística recibida en el Seminario, debidamente depurada y actualizada, tendría algo que decir. El legado clásico grecorromano, combinado con la tradición judeocristiana, constituía el marco teórico general en el que se situaba esa enseñanza humanística, abierta a los nuevos saberes y habilidades.

Uno de los aspectos que cabría destacar a este respecto fue el fomento de la capacidad para escribir. Es un hecho reconocido la cantidad de antiguos alumnos del Seminario que destacaron como escritores. Hace unos años D. Félix Villares Mouteira publicó una importante antología de textos gallegos (Un alpendre de sombra e luar), cuyos autores habían sido antiguos alumnos del Seminario. Se trata de una tarea que cabría proseguir ulteriormente. Otro aspecto que también cabría resaltar es la formación musical. Por lo que a mí atañe quisiera señalar que fue aquí donde le cogí el gusto a la música clásica, un gusto que me iba a acompañar gratamente a lo largo de mi vida.

Mi estancia propiamente dicha como estudiante concluyó el curso 1961-62, terminados felizmente los estudios de “Filosofía” donde quisiera destacar el encuentro con el magisterio estimulante de D. Dino Pacio, precisamente durante mi último curso. A partir de entonces me voy a convertir durante cuatro años en un mindoniense en la diáspora, pues pasé a cursar los estudios de Teología en la Universidad Gregoriana. Coincidí en un principio con otros mindonienses : J. M. García Cheda y A. Gil Montalvo. También con A. Paz Gómez (ya sacerdote). En el último curso coincidí con J. M. Montero Santalla.

El paso a Roma supuso una notable ampliación de horizontes, tanto por el hecho de residir en una ciudad tan fascinante en todos los sentidos como por frecuentar una Universidad tan internacionalizada como la Gregoriana. Pero, además, se daba en aquel momento otra circunstancia de extraordinaria relevancia : mi estancia en la Ciudad Eterna coincidió con la celebración del Concilio Vaticano II, desde el comienzo hasta el final. Fue desde luego un gran privilegio haber estado allí durante ese periodo, en la proximidad de personalidades destacadas tanto de la jerarquía como de la teología católicas. Haber podido escuchar personalmente, por citar a alguien, a Rahner, a Congar o al cardenal Bea.

El estudio de la Teología me fue interesando cada vez más y sobre todo en los últimos cursos me dediqué a él con pasión. Me interesaban en este sentido no solo las clases de la Gregoriana sino los grandes clásicos de la Teología católica, y desde luego los grandes representantes de la Teología europea de aquel momento. Aparte de los mencionados anteriormente, leía con mucho interés autores como U. von Balthasar, Lubac, Schillebeeckx etc. También autores protestantes como K. Barth o R. Bultmann.

Finalizada la licenciatura en junio de 1966, había llegado el momento de hacerme sacerdote y de ponerme al servicio de mi diócesis mindoniense. Sin embargo, en el momento de enfrentarme a ese paso decisivo, y por grande que fuera mi interés por la Teología y por la vida religiosa en general, no vi con suficiente claridad que debiera darlo, y entonces me pareció obligado primero tomarme un compás de espera, y después desistir definitivamente de la meta propuesta. Se trató, por supuesto, de una decisión dolorosa.

En el Seminario estaba libre en aquel momento el puesto de profesor de Teología fundamental. Tuvieron la generosidad de ofrecérmelo a mí y yo acepté con gratitud ese ofrecimiento. Me volvía a encontrar así con el Seminario de Mondoñedo, pero esta vez ya como profesor. Y profesor de Teología, a pesar de no ser sacerdote. Una situación realmente atípica.

Se trataba de un curso “intensivo”, de un cuatrimestre de duración. Puse todo mi empeño en realizar lo mejor posible la tarea encomendada, aun cuando no fuera más que por el deseo de devolver al Seminario un poquito de lo mucho que le debía. Para ello tenía que hacer frente a dos dificultades de bulto. Por una parte yo era un recién licenciado, sin experiencia docente. Pero, sobre todo, tenía que hacer frente a mi particular “noche oscura del alma”, a consecuencia de la decisión tomada.

Sin embargo, se trató de una experiencia docente y humana muy gratificante. Por una parte el trato con los demás profesores me resultó muy acogedor y cordial. Contraje en este sentido alguna “deuda” duradera.. Por otra parte estaban mis alumnos. Fueron unos alumnos encantadores, interesados y amables. Me resultó muy agradable trabajar con ellos e hice todo lo posible para no decepcionarlos. Al final del curso me convocaron a un encuentro con ellos y me ofrecieron, firmado por todos, un ejemplar del Nuevo Testamento magníficamente traducido por José María Valverde y L. Alonso Schökel. Lo guardo como una pequeña joya, y cuando lo consulto me acuerdo agradecido de todos ellos.

Quizá me sea permitido añadir que durante estos meses tuve como hobby la “exploración”, en mis momentos libres, de los fondos de la Biblioteca del Seminario. Me inducía a ello, aparte del amor a los libros, la deficiente catalogación de dichos fondos, lo que hacía posible “descubrimientos” insospechados. Pronto se vino a añadir un aspecto más a mi interés por la Biblioteca : sin tardar mucho caí en la cuenta de que había allí unos fondos más importantes de lo que yo (y no solo yo) me imaginaba. Con razón o sin ella llegué a pensar que al final me había convertido en un pequeño experto en la Biblioteca del Seminario ( D. Darío Balea todavía no había publicado sus importantes trabajos sobre el tema). Me gustaría volver a consultarla en su estado actual, pues desde entonces no he tenido la oportunidad de hacerlo.

Como ya he señalado, fue para mí muy gratificante haber podido corresponder, aun cuando no fuera más que simbólicamente, a la gran deuda que tenía con el Seminario. Quisiera añadir, para concluir, que lo que pudiera haber de positivo en mi actividad profesional posterior no hubiera sido posible sin la aportación del Seminario. Soy consciente de esa deuda y me complace consignarlo expresamente.

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