Francisco Javier Vigil de Quiñones

Breve paso por Mondoñedo

Vogil de Quiñones

Javier Vigil de Quiñones Parga Ribadeo, 1949 Seminarista, 1954-1968

Aunque mi paso por el seminario de Mondoñedo fue breve, tan sólo un curso, no quiero desatender la petición de la Comisión Organizadora del Homenaje y ahí van estas líneas.

Como digo, yo estuve en Mondoñedo solamente el curso 1964-65, con 16 años recién cumplidos y el bachillerato terminado en el colegio de los Escolapios de San Antón, de Madrid, en donde tomé la decisión de explorar la vocación religiosa; y, como mantenía contacto en Ribadeo, mi pueblo, con el párroco de San Martín de Mondoñedo, él me encaminó hacia el seminario diocesano.

Llegué también a Mondoñedo con colchón y demás ajuar, dejando un verano ribadense en pleno apogeo, de pandillas, fiestas, etc. Realmente, pensándolo ahora, no sé cómo fui capaz de dar aquel paso; sin duda debió de haber una Mano, y no precisamente negra.

Leyendo testimonios de otros compañeros, aquí recogidos, con un historial mucho más largo, casi me da vergüenza escribir estas líneas, habiendo estado tan sólo un curso. Pero, precisamente por eso, por haber entrado más tarde de lo normal (algunos me decían que era “vocación tardía” … ¡ con 16 años… !) y proceder de una circunstancia distinta a la mayoría, creo que mi visión puede ser más objetiva o, por lo menos, distinta, ya que no era el chiquillo que entra en el seminario como podría entrar en otro colegio cualquiera a hacer sus estudios.

Así que, yendo al grano, y con la perspectiva de vida que te da el estar en la década de los sesenta, yo señalaría dos características fundamentales del seminario que yo viví, en ese año: la austeridad y la calidad de la institución.

En cuanto a lo primero, recuerdo una habitación, en el ala derecha, dando al patio principal del edificio (por tanto, orientada al norte), gélida, con las ventanas de los pasillos casi permanentemente abiertas todo el año, sin un mísero aparato de calefacción; después, en el cuatrimestre siguiente, me trasladaron a otra de enfrente, dando a la calle (entonces camino) que iba a la parroquia del Carmen. Eso ya era otra cosa.

La comida, después de haber pasado por otros colegios de diversa índole, la del seminario sólo era comparable a la de la mili. Se salvaba el caldo gallego y el pan, que a mi sí me parecía bueno. Creo que en ese curso se descubrió el pulpo con cachelos y, como normalmente estaba duro, se decidió que ese día se pusiese vino para digerirlo mejor. ¡Cómo estaría! Me parece que allí probé la carne de ballena, muy fibrosa y bastante mal guisada. En fin, recuerdo todo muy modesto y en línea con la pobreza evangélica, lo cual habla en favor de la Iglesia como institución, frente a otros excesos, que también los hay.

Sin embargo, frente a esas “carencias”, había otros aspectos que, a mi juicio, no se correspondían con un seminario de una diócesis pequeña, como Mondoñedo, en gran parte rural y con pocos recursos. Me refiero, sobre todo al cuadro de profesores y superiores, a la calidad de la enseñanza, las inquietudes que había en el conjunto de profesores y alumnos, que tenia un nivel muy por encima de lo que cabía esperar en un Mondoñedo. Me pareció un lujo tener allí a personas de la categoría y calidad humana de don José María Díaz Fernández, con quien hice y mantengo una gran amistad; don Digno Pacio Lindín, que, aparte de su formación filosófica, con sus aires americanos era un soplo de aire fresco; don Alfonso Gil Montalvo y don Eugenio García Amor, a quienes traté menos pero de todos es sabido su reconocida valía y bondad; al místico don Jaime Cabot, que rezumaba espiritualidad. Y todo ello trufado y regado con licenciaturas o doctorados, no ya de Salamanca o Comillas, sino, la mayoría, de la Gregoriana de Roma, sin olvidar la aportación alemana de Mons. Rouco.

Todo esto, cuando yo lo contaba a personas de fuera, ajenas a la institución, se quedaban con los ojos a cuadros. Recuerdo que en el verano del 65 hubo en Salamanca un simposium sobre seminarios, en donde tuvo una ponencia don José María Díaz. Cuando yo, al curso siguiente, llegué a Salamanca, personas participantes en el mismo foro me lo ponían por las nubes: que qué conocimiento, qué información, qué exposición. Yo también lo creía así.

Ese mismo curso, siguiendo esas ansias de apertura e integración en la sociedad que dejaba el Concilio recién terminado, se decidió convalidar civilmente los estudios, para lo cual los de Filosofía nos presentamos al examen de reválida o preuniversitario en Santiago. Como yo ya tenía la reválida hecha, me presenté al preu y aprobé, lo cual me vino muy bien para iniciar, al año siguiente, Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, a donde me trasladé; en concreto, al Colegio de El Salvador, que era de vocaciones tardías (aquí sí las había, entre ellos el actual arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, con quien coincidí), donde permanecí tres años hasta que vi que aquél no era mi camino.

En cualquier caso, Mondoñedo, aparte de una experiencia enriquecedora como se deduce de todo lo anterior, me sirvió de tiempo de reflexión, de interiorización, de conocimiento de mí mismo, de maduración y por eso yo también estoy agradecido al Seminario de Mondoñedo.

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