Germán Chao Falcón

La más grande aventura

 

 

Germán Chao Falcón San Vicente (Mondoñedo), 1943 Seminarista, 1956-1960

Germán Chao Falcón
San Vicente (Mondoñedo), 1943
Seminarista, 1956-1960

Los días 7 y 8 de octubre de 2006, un grupo de ex seminaristas nos reunimos en el Seminario de Mondoñedo para conmemorar el Cincuentenario de nuestro ingreso en este Centro.

José Luis Hermida Bouza, José Santalla Couto y José Méndez Fonte se encargaron de organizarlo todo y localizarnos uno a uno, animándonos a participar en la convivencia. Tarea bastante difícil. A muchos no fue posible localizarlos, otros no han podido asistir y un tercer grupo asistimos sólo el domingo, día 8, para estar en la comida y la tertulia. A pesar de todo, éramos un buen número, en torno a los treinta.

Una buena parte ya nos habíamos visto en otras reuniones; de otros, ni siquiera recordábamos sus caras; Tenías un nombre, unos apellidos con una cara y un cuerpo de entonces, pero no encajaba con lo que veías. Te daban el nombre y apellidos y no lo creías. Nos faltaba tiempo para hablar con todos, cambiar impresiones, recordar tantas y tantas cosas de los años de convivencia. En fin, lo bueno si breve, dos veces bueno. Cuando queda la boca dulce, intentas repetir.

Cincuenta años, son muchos años, visto, no visto y aquí estamos.

 

(1)  1956: Normas para ingresar en el Seminario

 

Para recordar un poco el ajetreo y preparativos del ingreso, como curiosidad, he consultado el Boletín Eclesiástico del 30 de Mayo de 1956, donde dice:

“Para cuantos deseen ingresar como alumnos en el Seminario Conciliar de Sta. Catalina de Mondoñedo, es obligatorio asistir al cursillo preparatorio, que tendrá lugar en Villanueva de Lorenzana en el próximo verano, desde el 21 de julio (en que pernoctarán allí todos los aspirantes) hasta el 21 de agosto (en que saldrán para sus casas respectivas); y no será admitido a exámenes de ingreso el aspirante que no justifique satisfactoriamente ante el Prelado la no asistencia al cursillo.

“Al remate de este cursillo, tendrán lugar los exámenes de ingreso (en Villanueva de Lorenzana), con arreglo al programa que se pone a continuación.

 

Documentos preceptivos

“Antes del día 20 de julio, dirigirán los aspirantes una solicitud (escrita de puño y letra) al M.I.Sr. Rector del Seminario de Mondoñedo, pidiendo ser admitidos como alumnos del dicho Seminario, enviando con ella los siguientes documentos: Partida de bautismo (en papel infalsificable) expedida por el Párroco o encargado de la parroquia; partida de confirmación (en papel infalsificable), o bien certificado de no haber sido confirmado todavía, y otro certificado mas del Párroco o encargado de la parroquia haciendo constar la piedad, vocación y aptitud del aspirante y a la vez la buena fama, vida honrada y cristiana de los padres y familiares, y hasta su situación económica; y por último, una nota o carta del Médico, sobre la salud del candidato a seminarista, ausencia de enfermedad, vacunas y demás datos sanitarios, en orden al interesado.

Ajuar personal

“Traerá consigo: dos o tres mudas de ropa blanca interior, seis pares de calcetines (a lo menos), media docena de pañuelos de bolsillo, pijama (o pijamas) y cuatro sabanas con sus correspondientes fundas de almohada, además de dos toallas, servilletas, etc.; todo ello marcado con las iniciales del interesado.

“Son también necesarias dos bolsas pequeñas, marcadas con el nombre y apellidos del propietario, para enviar en ellas la ropa sucia a lavar. Además: un colchón, una almohada, una manta y una colcha cubrecama (ésta de color blanco, pudiendo ser).

“Traerá también: un traje exterior en buen estado, un guardapolvos gris, un par de botas o zapatos, igualmente en buen estado y las demás prendas de uso personal que acostumbren a usar en sus casas o parroquias.

“Abonarán por la estancia durante estos treinta días la módica cantidad de trescientas pesetas, y, al final, una pequeña cantidad, como derechos de examen.

Es condición precisa para ser admitidos, el haber cumplido los once años de edad, reservándose el Excmo. Sr. Obispo la facultad de admitir a alguno antes de esta edad, si le considera digno de esta gracia por su especial preparación o circunstancias especiales favorables.

“Mondoñedo, Mayo de 1956                                                                            El Rector: Dr. Francisco Fraga López”

 

Programa para los exámenes de ingreso

 

Examen escrito.-Un breve ejercicio de escritura al dictado y redacción, sobre materia que se dará en el acto.

 

Examen oral o mixto:

Catecismo Diocesano; primero y segundo grado.

Historia Sagrada: principales hechos y personajes del Antiguo Testamento (respuestas en forma elemental). Principales hechos de la vida de N. S. Jesucristo (también en forma elemental).

Gramática Castellana: lectura bien ligada y expresiva de un párrafo señalado por el tribunal.- Análisis analógico del párrafo leído, indicando la naturaleza, especie, accidentes gramaticales y oficio de cada una de las palabras.

Naturaleza: diciendo si es nombre, artículo, adjetivo, pronombre, etc., etc.

Especie: diciendo, para el nombre, si es común, propio, colectivo; para el artículo, si es determinado o indeterminado; para el adjetivo, si es calificativo, posesivo, demostrativo, etc., etc.; para el verbo, si es copulativo, predicativo, transitivo, intransitivo, neutro, etc., etc.

Accidentes gramaticales: mencionando, para el nombre, el género, número y caso, para el pronombre, el género, número, caso y persona; para el artículo y el adjetivo, el género y el número; para el verbo, la conjugación, voz, modo, tiempo, número y persona.

Oficio: indicando la función que cada palabra desempeña en la oración, v.g., respecto del nombre, de qué palabra es sujeto, complemento, o predicado nominal; en cuanto al artículo, a qué palabra califica o determina; y, para el pronombre, si es sujeto, complemento, etc.- Conjugación de los verbos regulares, en activa y en pasiva, y de los auxiliares, ser, estar y haber.

Aritmética: Lectura y escritura de cualquier número, entero, quebrado o decimal. Práctica de las cuatro operaciones fundamentales de la Aritmética con números enteros y decimales. Resolución de un problema sencillo.

Geografía: principales accidentes geográficos: cabo, golfo, estrecho, istmo, etc.- Partes del mundo.- señalar en el mapa las naciones de Europa y de América, y decir sus capitales respectivas. Indicar las provincias de España

(2) Vilanova: Con la maleta al hombro

 

Aquel 21 de Julio del año 1956, daba comienzo la mas grande aventura de nuestra vida, “estudiar para cura “y en un internado.

Poco a poco fuimos llegando aquellos niños de once, doce o trece años, de pantalón corto, acompañados de nuestros padres o algún familiar, cargando cada uno con su colchón y maleta.

El viejo convento benedictino de Villanueva de Lorenzana era el punto de encuentro, allí nos recibía y daba las primeras instrucciones el Sr. Rector D. José Mª Puente Martínez; aquél cura grande, de negra y larga sotana, pelo rizo-ondulado, bien peinado y dentadura de oro que mostraba al sonreir. Causaba gran impresión y cierto temor, casi daba ganas de volver para casa

En él pasaríamos un mes completo, tratando de aprender un montón de cosas. Finalmente, tras un examen para demostrar que nuestra preparación era buena, el 21 de agosto salimos de vacaciones. Algunos para no volver.

 

“Aquí hay revolución”      

Sesenta y seis niños iniciamos el primer curso de Latín y Humanidades el día 7 de Octubre del mismo año, un domingo.

El lunes, “Lectio brevis”, o sea, una pequeña presentación de clases, libros y profesores.

El día 11 “Secessus spirituales” (Ejercicios Espirituales), una entrada en el mundo del silencio, dedicar el día, en ese remanso de paz, a poner en orden nuestro espíritu; todo el día en silencio, mudos. No estabamos acostumbrados a ello, lo del silencio era algo superior a nosotros, con todo lo íbamos llevando. Menuda prueba. No todos lo superaban.

“Papa venme buscar que aquí hay revolución”. Así escribía en una carta a su padre uno de aquellos niños; a los pocos días lo vinieron a buscar. Como recordareis, todas las cartas pasaban por la censura, había que entregarlas abiertas.

Nuestra estancia en Lorenzana; un mes de iniciación y dos cursos, fue todo un récord y una prueba muy interesante e inolvidable.

A las 6,30, en pie

Puedo recordar algunas cosas que en los tiempos de hoy no se entenderían; entonces era lo normal, no había otra cosa.

A las 6´30 de la mañana, en día lectivo y 7´15 en festivo, la campana que se encontraba sujeta a la pared en un ángulo del claustro superior, iniciaba su fuerte y acelerado repiqueteo como si de pronto hubiese loqueado. Todo el mundo se ponía en movimiento y la actividad no cesaba, para unas y otras cosas, hasta las 22´30 horas que, con otro toque similar, todo el mundo a dormir y así un día tras otro.

Dormitorios con cama y aguamanil

Los dormitorios se encontraban en la parte alta, en unos grandes y espaciosos salones llenos de camas a uno y otro lado de un amplio y largo pasillo. Cada uno tenía al lado de la cama su “aguamanil” completo, orinal, con su correspondiente escobillo hecho de raíces, con mango de madera. (Cuantas veces andábamos a escobillazos unos contra otros; pregúntale a Candia Martínez, a Hermida Bouza, o al veterano Siro Chao y un largo etc., algunos tenían un pequeño arsenal escondido para emplear como arma arrojadiza). Al levantarse colocaban unos grandes calderos de cinc por el medio del pasillo del dormitorio para que todos vaciásemos allí el orinal.

El famoso papel higiénico “Elefante”, aunque de la misma medida que el actual, mas o menos, no era como el de hoy; su color era marrón, de textura áspera y dura. Tenía para nosotros dos misiones muy importantes, una higiénica y la otra como libreta de notas y apuntes. Todos llevábamos a clases nuestro rollo, en él tomábamos notas, apuntes, hacíamos operaciones de matemáticas, etc. La libreta era cosa mas seria, non se podía malgastar el papel, era escaso y caro, se usaba para hacer trabajos señalados. El lápiz el más usado, aunque también la pluma, con su manecilla y el tintero. La “estilográfica”, sólo cosa de unos pocos afortunados.

Primeros profesores

Nuestros profesores, de las distintas materias:

D. José Mª Puente Martínez, todo carácter, tipo militar, parece ser que estuviera en la guerra

D. Darío Balea Méndez, mejor carácter, llevaba las riendas con firmeza pero era mas diplomático, sabía nadar y guardar la ropa.

D. César Chavarría Pacio: lo llevaba bastante bien y no soltaba las riendas, sabía con que bueyes araba pero nos trataba bien

D. Francisco Ron Sánchez: era un buenazo pero las pasaba canutas con nosotros, de poco le valía enfadarse; y como director espiritual.

D. Manuel Vilela Bellón: alto, delgado, buen carácter, sabía llevarnos. Todos ellos se esmeraban cuanto podían y empleaban los mejores métodos pedagógicos que aprendieran y Dios les diera a entender para enseñarnos e inculcarnos todo lo que hacía falta para nuestra formación en todas sus vertientes.

 

Jueves y domingos, paseo

Los jueves y domingos salíamos de paseo a las afueras del pueblo, por la carretera o por el monte. Las carreteras, salvo la nacional, no estaban asfaltadas, su firme era de piedra (morrillo) con arena, normalmente se encontraban en muy mal estado, mucha piedra suelta y con bastantes baches, a cada poco ibas tropezando en las piedras sueltas. Cuando llegábamos a los montes, nos desahogábamos cuanto podíamos; el convento nos quedaba pequeño para tantos niños y con tanta vitalidad. Carreras, empujones, alguna que otra pequeña pelea, trepar a los árboles y colgarse de sus ramas y todo un etc. imaginable.

Todos teníamos un mote por el que se nos conocía, además del nombre propio, aún recuerdo la mayoría de ellos. Tarzán, Conexo, Cicatriz, Raposo, Miracielos, Beata, etc.

Diariamente y de forma obligatoria, usábamos guardapolvos, una especie de mandilón de color gris que, aparte de protegernos del polvo, también servía para agarrarse unos a otros en las carreras y pequeñas refriegas en las que solían desaparecer algún botón, el cinturón o romperse la propia tela.

Las aulas

Las clases eran unos locales con bancos corridos, distribuidos todo alrededor en forma de U y al fondo, frente a la boca de la U, la mesa del profesor. En una punta estaba el Rey y en la otra la Cola. El profesor elegía al azar un alumno, le hacía una pregunta y si no respondía correctamente, pasaba la misma pregunta al siguiente –en sentido descendente de la cola- o siguientes hasta encontrar la respuesta adecuada; este último alumno pasaba a ocupar el puesto del primer consultado. De este modo, nos estábamos moviendo hacia un lado o hacia el otro. Era difícil aguantarse de Rey mucho tiempo: si no sabías, a la cola.

En los recreos largos andábamos unos cuantos, a escondidas, recorriendo las partes viejas y abandonadas del cenobio; nada se salvaba de nuestra inspección. Era toda una aventura que despertaba y alimentaba nuestra imaginación. El hecho de tenernos prohibido andar por tales sitios, le daba más interés.

Arriesgada subida al reloj de la torre

En cierta ocasión se nos ocurrió a dos compañeros subir las escaleras interiores de la torre del reloj de la iglesia. Las escaleras consistían en unas piedras planas de cantería que hacían de escalones clavadas en la pared, montadas parcialmente unas sobre otras y distribuidas, de forma ascendente en caracol, sin otro apoyo ni barandilla de protección.

Por el centro del cañón de la escalera colgaban libremente las cuerdas de las pesas del reloj. Cuando ya llevábamos subido un buen tramo, paramos un momento para mirar hacia abajo; al ver tal altura, el compañero que venía detrás, dio en temblar, se pego a la pared y ya no subía ni bajaba, ni dejaba bajar, no había forma de tranquilizarlo.

Allí estuvimos un buen rato, visto que no había solución y el tiempo apremiaba, me agarre a las cuerdas y fui bajando como pude para poder ayudarle y así salir del atolladero.

Con el sobre peso, el reloj dio en loquear y hacer ruidos raros así como algún que otro sonido de campanas; le dije al compañero, “baja que se va a descomponer el reloj y nos van a matar”. Supongo que un miedo mata a otro. Bajó hecho una centella y desapareció como llevado del demonio. Nunca más allí volvimos.

Modos de matar el frío

Por supuesto, no había calefacción ni agua caliente para el aseo. Cuando hacía frío corríamos, jugábamos a la pelota, etc. A la noche, unos quince o veinte minutos antes de la hora de acostarse, entre D. José Mª y los mayores, (cuatro de segundo curso, Carregado, Salvatierra, Matías y Moro Balaños, habían ingresado en el Seminario después de haber hecho el Servicio Militar) nos enseñaban la instrucción militar. El Sr. Rector al frente, con su viejo mosquetón que guardaba en la despensa, desfilaba alrededor del claustro marcando bien el paso, seguido de toda la tropa. El que más y el que menos ya tenía su fusil de madera, hecho a navaja, después de robar un madero en la leñera. Los cocineros no estaban muy de acuerdo y se quejaban al Rector, que hacía un poco la vista gorda. Tiempo andando me fui dando cuenta de que la costumbre del desfile militar nocturno no era más que una artimaña para que nos fuéramos a la cama con los pies y el cuerpo calientes.

Vestuario/despensa

Supongo que todos recordareis el Cuarto de las Maletas”: un viejo local, bastante destartalado, con varias puertas que daban a un largo pasillo, me imagino que en su día serían celdas de los monjes; tiraron las divisiones y quedo un local amplio con varias puertas al pasillo. Nuestras maletas se colocaban pegadas a la pared, alrededor y una o más filas en medio, de espaldas unas a otras. La llave la tenía un veterano encargado y sólo había acceso cuando estaba establecido, a menos que tuvieses amistad con él o le dieses algo. El que más y el que menos tenía algunos víveres: queso, chocolate, latas de conservas, chorizo, etc. No dejaba de ser un peligro dar a conocer tu despensa: alguna que otra vez, alguien se daba un pequeño banquete a cuenta ajena.

El Claustro del Pozo

Era de planta cuadrada; alrededor había un sendero enlosado, comunicado en forma de aspa con el centro, en donde se encontraba el pozo, hecho en piedra, cuyas paredes bien redondeadas sobresalían poco más de un metro, rematado por una arcada en hierro forjado; todo el recorrido estaba limitado por una hilera de mirto, poco cuidado, que protegía el jardín.

Al pozo bajaba el cable del pararrayos de la iglesia. No tenía mucha profundidad, quizás unos cinco metros. Había varias truchas, medianas, que habían traído estudiantes de otros cursos, ya en Mondoñedo. Alguna vez se hacía la limpieza del jardín y aparecían salamandras por debajo de las piedras; unos cuántos decidieron ir guardándolas en una caja de cartón; luego, al compañero Casal Pita y otros más se les ocurrió catapultarlas por encima del Convento. Colocaban una tabla en el borde del pozo, ponían el desgraciado animal en un extremo, golpeando con un palo el otro y … a volar.

Poco duró la fiesta. Apareció D. José María y se armó la marimorena. Resultó ser un día de feria, que se hacía en la alameda contigua al Convento; el “fuego de mortero” de las salamandras caía sobre las cabezas de los feriantes que, al ver de donde venía la descarga, fueron a dar las quejas.

A final de curso, el jardín del pozo se convertía en original e improvisado cementerio. Desconozco el origen de tal costumbre. A la mayoría s le daba por meter las libretas, apuntes, etc. en cajas de zapatos y hacer los enterramientos en dicho lugar, al son de los cánticos correspondientes.

La carne de los miércoles y el arroz

Todavía recuerdo y casi saboreo aquella exquisita comida de los miércoles, al mediodía, carne con patatas, deliciosa; por eso se le conocía como “la carne de los miércoles”. En ciertas comidas solía haber sobrante para repetir, pero en ésta, no. Tiempo andando me enteré que la dicha carne era de ballena y que los huesos resultantes los guardaban en la huesera, un local al lado de la portería. Por la noche, sin embargo, el menú era terrorífico: arroz seco con bacalao. No le encontrabas sabor por ninguna parte; le dabas vueltas y vueltas en la boca y no había manera. Lo mismo pasaba los domingos a la noche. Cuando regresábamos del paseo ya veíamos de lejos el humo de la chimenea. Era el arroz que se estaba fraguando y nos esperaba para amargarnos el día.

Los veteranos

La relación con los veteranos, salvo algún que otro pequeño roce, era bastante buena. Ojeando la lista de compañeros de aquella época, recuerdo especialmente a Castro Tomé y Ameneiros Prados. Debido a nuestra común afición a la armónica, solíamos juntarnos en los recreos, de vez en cuando, y tocar a dúo algunas canciones de entonces. No recuerdo qué tipo de armónicas teníamos, aunque sí la de Ameneiros, una “Seductora” curva. Me caían los ojos por ella. Me imagino que la mía sería “O Fado Portugués”; eran las más corrientes y andaban por las 35 pesetas, una importante inversión para aquellos años.

  • Mondoñedo, 1958-1962

Poco a poco, el tiempo fue pasando. Dejamos Lorenzana y pasamos al Seminario Menor de Mondoñedo para cursar el tercer año de Latín y Humanidades, curso 1958-1959, en el que nos matriculamos 58 de los 66 estudiantes que iniciamos en el primer curso.

Llegar a Mondoñedo era todo un logro: aquello era diferente, más y nuevos compañeros, profesores distintos, mejores instalaciones, incluso la ciudad era mayor.

Nos esperaban tres cursos más de Latín y Humanidades para luego pasar al Seminario Mayor y cursar tres años de Filosofía y cuatro de Teología, antes de ser ordenados sacerdotes.

Volvíamos a ser “Pipiolos”, teníamos por encima a los de cuarto y quinto y ya sólo éramos 58 compañeros.

Recuerdo de los profesores

Non quisiera dejar pasar la ocasión para recordar a todos aquellos otros profesores que de algún modo moldearon nuestra formación.

 D. José Mª Fernández y Fernández, entonces rector del Menor, con muchos años de vuelo, sabía llevarlo bien y con mucho tiento, iba temperando la situación con bastante tino. Todos deseábamos llegar a quinto, se vivía mejor y eras mas respetado, un veterano hecho y derecho.

En Mondoñedo todo era mejor, era otra cosa, mas compañeros, mejores instalaciones, una Ciudad más importante y también mas que estudiar, aunque esto non era lo que mas nos agradaba.

 

Allí tuvimos de profesores, entre otros, a D. Darío, D. Jaime Cabot, D. Ricardo Pena y D. Eugenio, todos ellos de grata memoria, pese a nuestros más y menos.

Todos recordamos a D. Jaime Cabot que tanto se esmeraba en que aprendiésemos bien las matemáticas (aquel libro de Aritmética, gordo, de hojas pardas, semejantes al papel higiénico de entonces, letra tan menuda y apretada como si no les cogiese mas, no se tragaba); el pobre de D. Jaime intentaba hacérnoslo mas fácil.

D. Ricardo Pena, con su Historia Universal. Recuerdo la primera vez que entró por el medio del pasillo del estudio-clase, hacia su mesa, con paso firme, regio y decidido cual emperador, entrando triunfante en la Ciudad recién conquistada. Todos, con las bocas cerradas, musitábamos el acompañamiento de tal desfile, como un militar bien adiestrado y sangre en las venas; de pronto, se detiene, hace un repentino y brusco giro hacia atrás y todo enmudece,. Tras unos segundos de incertidumbre y sin mediar palabra, continúa. Tendría unos treinta años, de carácter fuerte y todo vitalidad; intentaba hacer malabares para que le atendiésemos. No lo tenía muy fácil. La mala suerte le diera la clase a primera hora de la tarde, todas la ventanas estaban orientadas al naciente y al poniente. Con aquel calorcillo vespertino, el sueño y la modorra hacían estragos en los alumnos. A uno que lo sorprendió en los brazos de Morfeo, le lanzó el manojo de llaves que solía posar sobre la mesa (llaves de las de antes); suerte que no le apuntó. A otro, como no tenía las llaves a mano, le tiró la teja: cual platillo volante, planeó sobre las cabezas y se coló por una ventana hacia el campo de deportes.

D. Eugenio era mas pacífico, (cariñosamente le llamábamos “Pachelli”, por Pio XII, que se llamaba Eugenio Pacelli a quien dicen que se parecía un poco) aunque algunas veces también se ponía nervioso, se le veía en las manos que no encontraban sosiego, batiéndose entre sí con cierto disimulo. No le faltaba razón: siempre le gustaron las cosas bien hechas y nosotros… ¡vaya por las animas¡. Madrugaba más que nosotros para despertarnos con música clásica y siempre adaptada al día, según fuese festivo o no.

D. Francisco Fanego Losada, el gran latinista que tanto nos inculcaba que hablásemos todo en aquel latín clásico tan elegante y pomposo, era una verdadera delicia escucharlo recitar párrafos de las cartas de Cicerón, como aquella tan famosa contra Lucio Catilina: “ Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?”, o al historiador Salustio, o tal vez el poeta Horacio. etc.

D. José Mª García Cascudo, autor de algunos de nuestros textos, como los de “Nociones de Agricultura y Zootecnia”, ” Nociones de Anatomía, Fisiología e Higiene” y finalmente, “Nociones de Astronomía y Uranografía”. Todos ellos en segunda edición; los dos primeros, del año 1959, y el último, de 1958. También nos daba Historia Natural y Física y Química, en la famosa Clase de Física que recientemente, gracias a la amabilidad del actual Rector, acompañado de Carlos Frade Añón, pudimos volver a admirar en todo su esplendor, uno de los locales mas queridos para mí, la Clase de Física, un local amplio, lleno de aparatos y artilugios, animales disecados, un auténtico esqueleto humano perfectamente engarzado, una gran mesa cubierta con una manta de plomo, con su recipiente de cinc y grifo para el agua, etc., etc. Aquellos experimentos tan variados y extraordinarios que despertaban nuestra joven imaginación; unos salían bien, otros explotaban, nunca nadie salió herido. D. José Cascudo era especial; sólo tenia un defecto: cuando llegaba a clase con el pelo recién cortado, teníamos que estar muy quietecitos y callados, se alteraba por la mas mínima, nunca supe por qué.

D. Edelmiro Bascuas nos daba Griego y Francés. Muy pausado en las explicaciones, era su forma de ser, seguramente también se daba cuenta de la gran dificultad que para nosotros representaba el aprender nuevos idiomas, sobre todo el Griego. Mucho me tienen valido uno y otro. En una ocasión que coincidimos en Mondoñedo y hablamos de viejos tiempos, recordaba con cierta nostalgia a los alumnos de entonces, decía que comparados con los de hoy, éramos unos benditos.

En el curso 1961-1962, cesa, como prefecto de disciplina, D. José Mª Fernández y Fernández, pasando a ocupar el cargo el Licenciado D. Honorio Estéban Mayordomo y D. Enrique Blanco Pico. Todo estaba perfectamente estratificado y organizado

 

La Patrona

El 25 de Noviembre era Nuestra Patrona “Santa Catalina”; por supuesto, no teníamos clase, ¡menudas fiestas¡ Todo era extraordinario: la música para levantarse la misa, la comida, las competiciones deportivas y, cómo no, el pregón de las fiestas donde quedaba bien patente la imaginación, hecha realidad, de aquellos estudiantes.

 

(4) Personajes populares del Seminario

 

La Filipa

Era una señora que, por la forma de vestir, aparentaba mayor pero que no lo era tanto. Desconozco su verdadero nombre. Todos la conocíamos por la Filipa, allá por los años sesenta, en el seminario de Mondoñedo. Se encargaba de hacer la limpieza en los servicios, etc. Estaba acostumbrada a tratar con la chavalería,  “sabía con quien se las veía”. De todas formas, aunque tenía su genio, no era mala mujer, no tengo malos recuerdos de ella.

En cierta ocasión, a un compañero se le cayó el rosario por el wáter. Tenía mucho disgusto porque se lo había regalado su madre y acudió llorando a la Filipa, suplicándole ayuda para recuperar su rosario, que finalmente recuperó, no sin haber pagado por ello.

La noticia se extendió como el fuego y a algún compañero se le ocurrió componer una canción con su correspondiente letra sobre el caso, aprovechando la música de la canción de la calandria cuya letra es la siguiente.

En un Water de arriba

Un rosario cayó

Y el pobre de su dueño

Lloraba con dolor

Hasta que la “Filipa”

Al water se llegó:

Déme una pesetilla        

Y se lo saco yo

y aquella sucia vieja, 

su manga remangó

dejó el brazo desnudo

luego se santiguó

 y aquella ingrata mano

el negro mar surcó

 y allá en lo más profundo

buceó, buceó, buceó.

su manga remangó

dejó el brazo desnudo

 luego se santiguó

 y aquella ingrata mano

el negro mar surcó

 y allá en lo más profundo

buceó, buceó, buceó.

 

El Sr. Casiano

 

Este hombre, de baja estatura, de edad desconocida, con unas gafas de cristales muy gruesos, posiblemente debido a su acusada miopía, vivía en el Seminario y se encargaba de la portería. Hacía muy bien su trabajo, era bastante inteligente; como hombre previsor del tiempo, con bastante antelación, no tenía igual. Era muy servicial, salvo que te cogiera de ojo por que lo trataras mal o te mofaras de él; en este caso podías olvidarte, a menos que trataras de hacer las paces con él, lo cual no era fácil. Los recados eran de todo tipo, sobre todo tabaco. Sabía muchas cosas: canciones, refranes, etc.

                 

El ratoncillo

Así se llamaba aquella hermosa canción que, por aquellos años se compuso, letra y música, con motivo de un sonado hecho sucedido en el Seminario Menor de Mondoñedo. Un compañero de los pequeños estaba saboreando aquel abundante plato de caldo dejando a un lado para el final el hermoso trozo de tocino que con pan estaría muy bueno; como no era frecuente que te tocara un trozo de carne, había que aprovechar. La sorpresa fue mayúscula cuando ya estaba terminando; entonces, el desgraciado comensal se dio cuenta con espanto de que su tocino se había convertido en un pequeño ratón. La música se le adaptó la de “Gorrioncillo pecho amarillo”.

Pataleando, medio cocido,

Un ratoncillo que se ha caído

Con sus patitas casi pelando,

Entre las berzas anda nadando

 ¡ Ay ratoncillo,

naufragando por atrevido!

 No más de verte

 Ya estoy pensando

que la sustancia

de nuestro caldo

más que a la carne

se debe a ti

¡Ay ratoncillo. . . . .

Aquí se acaba la historieta del ratoncillo

Que se ha caído … por atrevido”.

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