Francisco Cal Pardo

Francisco Cal Pardo

Francisco Cal Pardo Galdo (Viveiro 1939) Seminarista 1949-1954

Semilla de todo lo que he sido

En agosto de 1949, recién cumplidos los 10 años, me fui a Villanueva de Lorenzana, que así se llamaba entonces, para hacer el ingreso en el seminario. Al regresar a mi casa, sobre el fin del mismo mes, se sorprendieron de que hubiera dejado parte de mis cosas en el seminario, lo que era una prueba evidente de que había aprobado el ingreso y de que quería volver, en octubre, a empezar primero de latín, a pesar de que los montes próximos a la carretera de Trabada, por donde solíamos pasear los jueves por la tarde, eran testigos de más de una lágrima debidas a la morriña.

En octubre, cuando volví a Villanueva me acompañaba la cartilla de racionamiento que, afortunadamente, pocos meses después desaparecería definitivamente; la economía española empezaba a remontar, aunque no la haría definitivamente hasta nueve años después con el Plan de Estabilización y los sucesivos Planes de Desarrollo.

Era el más joven del curso, con 10 años recién cumplidos, y también uno de los más pequeños en estatura, por lo que encabezaba una de las dos filas que formábamos en los largos desplazamientos hasta la capilla situada en el otro extremo del Monasterio, por aquellos pasillos que yo no me hubiera atrevido a recorrer solo, por las noches; La otra fila la encabezaba Fernando Monterroso Carril.

El seminario era uno de los pocos sitios del entorno geográfico donde se podía estudiar con orden y eficacia, si se excluía la capital de la provincia a donde tuve la oportunidad de ir al colegio de los Maristas, pero escogí el seminario, seguramente por la proximidad y porque, por otra parte, desde muy pequeño yo decía que quería ser Obispo, supongo que deslumbrado por el rojo de los hábitos de D. Fernando Quiroga Palacios, el primer obispo del que tengo recuerdos, al que había visto en alguna visita Pastoral a Galdo o en la clausura de una Misión Parroquial en Viveiro, a cuyas sesiones nos desplazábamos desde Galdo con “Cruz alzada” o en una ordenación sacerdotal realizada asimismo en Viveiro

Mi promoción, la que hizo el primer curso en 1949-50, fue la última que estuvo un sólo año en Villanueva, razón por la que fuimos los “pipiolos” o “novatos” durante dos cursos, segundo y tercero, en el seminario de Mondoñedo. En el curso 1950-51 llegamos a Mondoñedo para hacer segundo de Latín. Aquello era otra cosa, el mundo era mucho más grande aunque nosotros fuésemos cola de león.

Fue en tercero y cuarto cuando se inició en mí el gusto por las matemáticas que luego seguirían por la física y acabarían orientando mi vocación definitivamente hacia la ingeniería y esto se lo debo a D. Jaime Cabot, profesor de aritmética y creo que de álgebra, y a D. José Cascudo, profesor de rudimentos de geometría métrica.

El curso flojeaba un poco en latín por lo que, en tercero, se hizo cargo de la signatura de Latín D. Francisco Fanego, que habitualmente sólo daba clase en quinto, y ya no nos dejó hasta el último curso de latín; estuvimos tres años con él; de aquella experiencia salió algún catedrático de latín de instituto.

En cuarto, D. José María Fernández en literatura (creo que la signatura se llamaba Preceptiva literaria o Retórica) nos empezó a hablar de figuras literarias y a pedirnos lecturas y redacciones lo que despertó en mí el gusto por la literatura.

Al finalizar el quinto curso, mi hermano Enrique me preguntó si me gustaría seguir los estudios en Comillas y no lo dudé. Comillas fue un extraordinario complemento en formación humanística, en técnicas de comunicación y redacción y, especialmente, en procedimientos y disciplina de trabajo. La exigente selección del alumnado provocaba una elevada competitividad, lo que se traducía en una gran intensidad en el estudio y en la redacción de trabajos a los que llamábamos composiciones.

El gusto por las matemáticas se convirtió en Comillas en gusto por la física, la química y las ciencias. Recuerdo, todavía, las magníficas clases de Paleontología con el Padre Azpeitia. De desarrollar nuestro gusto por la literatura se encargaba el Padre García de Dios y de las habilidades oratorias los Padres Gutiérrez y Penagos. En Comillas conviví con Chicho Mazón, hoy Jesuita y con sus hermanos Santiago y Gonzalo, con Pedro Díaz, Eugenio Núñez Ríos, Javier Méndez Pérez, excelente músico, fallecido muy joven, y con Leoncio Pía, ya a punto de licenciarse en Teología, que hacía un poco de tutor de todos nosotros.

Nada más empezar filosofía, consideré que mi vida debía discurrir por otros derroteros y decidí dejar el seminario (Facultad de Filosofía de Comillas)

Pasé de letras a ciencias y decidí seguir la carrera de Ingeniería Superior Industrial; cuando terminé tercero (que en aquellas fechas equivalía a quinto porque antes de primero había que superar dos cursos selectivos extraordinariamente duros), sin abandonar los estudios de ingeniería, de los que todavía me quedaban dos cursos, inicié los de Ciencias Económicas y ambas carreras marcaron mi vida profesional que transcurriría en la Dirección de Empresas y Organismos públicos, en distintos niveles.

La semilla de todo lo que he sido, que se lo debo en gran medida a mi hermano Enrique, fructificó en el seminario de Mondoñedo y, posteriormente, en Comillas donde aprendí, sobre todo, la seriedad y el rigor en el estudio y la cultura del esfuerzo, fundamentales en el desarrollo, con éxito, de cualquier profesión.

Madrid Noviembre de 2014

Francisco Cal Pardo

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